4 ago. 2011

Crónica Del Gran Diamol ... prólogo

-1-
Ahí estaba, frente al espejo.  Miraba mi nuevo rostro, aunque no había cambiado, para mí era otra persona. No se expresar como me sentía en ese momento, solo que me hundía.
Siempre he pensado que era diferente, pero no en este sentido, solo…rara. Pero esto es demasiado. Tenía tantas preguntas, ¿Cómo llevaría esta vida?, ¿Por qué a mí?.
Miré de nuevo mi muñeca, con la esperanza de que todo fuera un sueño, pero allí estaba. Un símbolo, mi símbolo, ese ojo rojo y negro .Luego volví a mirar mi rostro, era como el de cualquier chica, pero yo no era cualquiera.
-¡Vera!-gritó mi madre desde el piso de abajo.-
Ya era la hora, solo quedaban unos minutos para mi presentación al concurso. Busqué dentro del pequeño baúl plateado del maquillaje, y logré encontrar el delineador entre tanto desorden. Me repasé los ojos, luego aireé mi pelo largo, negro y bien peinado, con unas ondas como olas.
Bajé a tientas por las escaleras mientras me alisaba el nuevo vestido que había comprado hace una semana. Cuando llegué abajo mi madre ya había abierto la puerta y fuera estaba el coche con las puertas abiertas. Mi padre estaba dentro, y mi madre se disponía a subir. De modo instintivo yo también entré en la parte trasera.
El coche empezó a andar por el asfalto mojado, y giró en una calle adoquinada con preciosas baldosas en forma de estrellas. Fuera no se veía nada, llovía, así que toda la carretera era resbaladiza y deslizante. La niebla invadía las calles de Londres.
Transcurrió una media hora hasta llegar al Gran Diamol, el edificio donde se celebraba la presentación. Fuera del Gran Diamol había un cartel enorme donde se podía leer “Presentación Al Concurso Estudiantil” seguido por unas grandes fotos de varios institutos, incluido el mío.
La puerta del edificio era grandísima, y de un color verde viejo. El coche se paró en seco, con un gran frenazo y mi padre bajó de él a toda prisa, mi madre, en cambio, se tomó su tiempo. Yo fui la última en salir. De pronto la puerta del Gran Diamol se abrió con un fuerte ruido, y de ella salió un hombrecillo vestido de esmoquin y con una larga corbata verde, a juego con la puerta del gran edificio.
Mi padre avanzó hacia la entrada y saludó al hombre con una gran sonrisa.
-Buenas noches, señores Darkbird.- dijo el hombre con una voz muy fina.-
-Buenas noches a usted también.
Después de eso todos pasamos al interior de edificio.
Era todo de color dorado y verde, con grandes lámparas de araña en el techo y una larga escalera dorada adornada con terciopelo verde.
Subimos por la escalera. El terciopelo estaba perfectamente limpio y peinado. Llegamos a una sala redonda donde había una puertecita roja que ponía “acceso al escenario”.
A partir de ese punto, mis padres no me acompañarían más.
-Adiós cielo, te veremos desde abajo.-dijo mi madre.-
-Mucha mierda, hija.-dijo mi padre.-
Les despedí con la mano y me dirigí a la pequeña puertecilla. Pero antes de entrar, me sonó el móvil. Era un número desconocido, pero aún así, lo cogí.
-¿Si?
-Es usted Vera Darkbird, si, lo sé, reconozco su voz.- dijo lo que parecía un hombre desde el teléfono.-
Su voz era muy áspera y seca, parecía afónico. No era una voz humana, era muy grave para serlo.
-¿Quién es?-dije.-
-Un viejo amigo.
Y luego solo sonó un pitido seguido, sin cortes. Me había colgado.
Agité la cabeza para despejar la horrible voz que aún retumbaba en mis oídos, como si sirviera de algo. Me volví a alisar el vestido y a airear el pelo y entré por la puerta.
Miles de luces fosforescentes me cegaron, hasta que pude ajustar la pupila, como si fuera la lente de una cámara de fotos. En lo primero que me fijé fue en el expectante público que se hallaba debajo del escenario. Lo siguiente fue en los cinco chicos que se sentaban con la espalda bien recta, como unos dignos concursantes. Y entonces me invadieron miles de cuestiones y me entraron nervios en el estómago. ¿Podré concursar junto a aquellos estudiantes modelos? Alguien tan rara como yo, con una marca extraña que me salió después de aquel accidente…
De repente recordé aquella mañana de octubre, cuando unos ruidos extraños me ensordecieron y luego…todo pasó tan deprisa, sentí un ardor punzante en la muñeca y ¡Chasss!, apareció esa maldita marca. El negro y rojo ojo de mi muñeca me inquietaba, y volvía a oír los gritos melancólicos de almas perdidas y ángeles caídos.
En la entrada al escenario había una mujer alta y regordeta, que con un gesto me indicó que me sentara. Me dirigí sin protestar al asiento donde estaba mi nombre escrito y me senté, intentando parecer una alumna estudiosa e inigualable.
Y entonces lo vi, allí sentado junto a mis padres, Kaleb. Él también me vio y me dedicó una de sus preciosas sonrisas. Siempre le había deseado, desde pequeños, él me había gustado y siempre habíamos sido amigos. Sentí como se me ruborizaron las mejillas.
-Bienvenidos al concurso estudiantil nacional, donde concursarán seis participantes, cada uno de ellos nos leerá un discurso que tendrán preparado y con ello nos explicaran lo que más les gusta de la vida y el por qué tienen el deseo de vivir.- dijo el presentador.-
De repente aparecieron miles de luces que empezaron a enfocar a los concursantes, incluyéndome a mí.
-Rowan Stuart.-dijo una voz.-
Rowan era un chico flacucho y con tez pálida. Con la cara alargada y ropa de empollón.
-Cristal Redrose.- dijo la misma voz.-
Cristal era una muchacha de esas que dicen “osea”. Su melena rubia y ondulada le descendía por la espalda bien bronceada que enseñaba con un top de color rosa.
Luego enfocaron a una chica medio gótica, con el pelo alisado negro. Llevaba un vestidito negro de fiesta.
-Ester Campgreen.-dijo al momento.-
-Edgar Mine.
Este era un chaval pelirrojo con pinta de travieso y revoltoso, aunque ya tuviera una edad…
-Daniel Peet.- dijo.-
Daniel es el hermano de Kaleb, gemelo, pero solo en aspecto, en personalidad era como ángel y demonio.
Luego antes de que me tocara a mí, algo dio un gran estruendo. Y empezó a salir humo por todas partes, la luz se apagó y yo volví a oír aquellos gritos, como los del accidente.
Salí huyendo, ya que siempre le he temido al fuego. Huí del Gran Diamol hasta llegar a la puerta trasera del edificio, una vez fuera cerré los ojos y todo fue muy deprisa.
Alguien me abrazó, miré detrás de mí, era Kaleb. No me lo podía creer, que demonios estaba sucediendo aquí. Miré el edificio, salían llamaradas desde dentro del salón.
Algo se movió entre los cubos de basura. Pensé que eran imaginaciones, pero luego apareció una silueta detrás de Kaleb, era la de un hombre.
-Vera, querida.-dijo la silueta, que era la misma voz que me había llamado.-
-¿Qué quiere?-dije.-
-A ti, y a ese Kaleb.
Dijo señalando la cara de Kaleb, que en ese momento lloraba, solo un poco. El hombre se fue acercando hasta que le pude ver la cara, era muy raro, estaba deformado, y era calvo. Se quitó uno de sus guantes y apareció una mano con uñas asquerosas. Se encaminó hacia Kaleb y le rozó la mejilla con el dedo.
Kaleb dio un chillido de dolor, y mi corazón dio un vuelco. El hombre empezó a torturar a mi amigo. Yo no sabía qué hacer hasta que recordé mi ojo en la muñeca.
Intenté pensar en salvar a Kaleb, ya que a lo mejor había desarrollado algún tipo de poder. Pero no dio resultado. Los gritos de Kaleb y las sirenas de los bomberos empezaron a ser insoportables. Me armé de valor y de un golpe empujé con todas mis fuerzas a el hombre y chocó en la pared.
Abrasé a Kaleb con todo mi amor, y él no tenía pulso. Estaba muerto. Millones de lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas, y entonces grité lo más alto que pude.
-¡Te quiero!
Empezó a iluminarse todo, hasta que se quedó completamente blanco. No vi nada más. Mi mente se quedó en blanco. Y no hubieron más chillidos. Tenía el poder, el poder del amor.
“Un accidente en el Gran Diamol ayer, ningún sobreviviente. Un arrasador incendio debido a causas desconocidas devastó ayer el gran edificio, donde se celebraba un concurso estudiantil. Cuando llegaron los bomberos, solo había cadáveres, y el fuego estaba apagado, sorprendentemente, debido a la magnitud del incendio. Y todo estaba cubierto de un polvo brillante y blanco. Sentimos esta gran catástrofe.”
                                                                                           Londres,  2008.

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